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Destronar lo simbólico (Sobre la experiencia Entrenar La Fiesta)

Actualizado: 25 de jun de 2018



Dibujo realizado para difundir la novena edición de Entrenar La Fiesta

Por Bautista Viera


Desde que comencé a estudiar psicología en la universidad pública, la definición que más me conmovió de “locura”, se la escuché a Fernando Stivala en una clase de Teoría y Técnica de Grupos. Era algo así como: “la locura es una posición muy singular ante algo”. De ahí se desprende, en primer lugar, lo evidente de la existencia de un sentido común, que ofrece una góndola de versiones posibles para encarnar en cuerpos. Estas góndolas las podemos llamar, a modo de juego, subjetividades. La subjetividad es entonces un bien que se prefabrica en los hornos de lo social, lo mediático, las instituciones y se composiciona en cuerpos determinados. Estas subjetividades, estos cuerpos subjetivados por las morales imperantes, transitan, deambulan, tienen andares.


Lo interesante de estas morales es que tienen una relación particular, muy particular, con la experiencia a cada momento. A modo de resumen podríamos decir que codifican, enaltecen, patologizan, revaloran, subvaloran, ignoran, reprimen; lo que los cognitivos se esmeraron en llamar fondo de memoria, y que conmovió a Freud a pensar la dimensión de la culpa, la ley, el superyó. Pero mucho más acá, estas morales vienen a determinar lo que puede un cuerpo en determinada situación en función de evaluaciones que piensan por nosotros. Y son las que nos encontramos a cada momento, y que nos hablan cuando intentamos acciones desmanicomializadoras, singularizadoras, antipatriarcales, maricas, etc. Éstas nos hablan en medio de la fiesta, luego de la fiesta. No hablan de lógicas reduccionistas de daños, nos hablan de normatividad, nos cortan las piernas.


Pensar es inevitable


Deleuze dice que lo simbólico es una modalidad de lo real, no la comprensión de lo real. No el acceso a lo real, sino una parte de lo real: la capacidad de armar relaciones estructurales entre unos signos arbitrarios, ultrainflacionada por el psicoanálisis y la semiótica. Se arma desde ahí estructura de comprensión. Pero si vemos lo que pasa en el composicionamiento de los cuerpos, hay otra cantidad gigantesca de procesos ricos que no son simbolizables, simbolizados, ni dependen de una simbolización.


Lo inevitable es el carácter simbólico que viene ligado a los signos circundantes en la fiesta. Me tocan porque les gusto, bailan conmigo porque soy divertido. Ahora miro alrededor y de repente nadie quiere bailar conmigo, porque soy un aburrido. Pero no puede ser que suceda todo esto, debe ser mi paranoia: ¿quién no pasó por estos estados? El ciclo Entrenar La Fiesta, organizado por ORGIE (Organización Grupal de Investigaciones Escénicas), es un espacio en el que reverberan informaciones corporales que pujan y tironean con lo establecido, con el sentido común. Estos modos de vida que consumimos se ven desdibujados por redes amorfas, corporalidades colectivas que nos sirven de empoderamiento, de grito en manada, de baile intenso, de súper-proximidad, de des-organización. Pero también de descanso. Descanso de las morales, del sentido común, resguardo para un ejercicio posible y comunitario del goce. Una acción marica para la ejercitación de la corporalidad. Construcción de una fuerza colectiva que combate por su deseo y que, en su existir, des-subjetiva.


Hay toda una gama de signos, procesos corporales ricos, que son direccionados en una estructura lógica de pensamiento y nos hablan en la ronda post-fiesta. Cuando vengo acá, me libero de cierta presión de levante heterosexual, o no lo asocio a eso y entonces me libero. O me abrazan y me pongo contento. La cuestión es que toda afección es generalmente direccionada a un orden simbólico de signos arbitrarios que te quieren decir algo, te dan una estructura. Lo simbólico como el encauzamiento de las fuerzas en una dirección estructurada, lógica, unidireccional. ¿El peligro de eso? Que esas ideas anulen la posibilidad de encontrarse con lo que pasa de una manera experimental, para consumir lógicamente y en un sentido estricto lo que acontezca. ¿Qué corrientes son las que direccionan ciertos signos a símbolos como los que nos hablan y por qué? ¿Cuántas marcas depositó en nosotras la historia capitalista, patriarcal y violenta en la que nos criamos? ¿Cuánto puede un cuerpo? ¿Puede contra el sentido común, contra las morales, la policía, las instituciones, lo establecido? ¿La disidencia puede ser pensada como una posición singular ante el goce?


Respiración más ideas


Entiendo qué esto es revolucionario porque supone involucrarse corporal y afectivamente en una situación que se desentiende de las relaciones tecnificadas propias de las situaciones sociales convencionales, porque desarma convenciones para entregarnos a la posibilidad de acontecer un nuevo cuerpo, porque hace del encuentro una utopía.


La tristeza de un loco es no poder enganchar sentido en redes de poder colectivas, conectar delirios en común. La alegría del loco es agitar, propiciar, entrenar esos enganches. La alegría del loco es perseverar en la fiesta.


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