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¡Eh, eso me ofende! El discurso neoliberal sobre la ofensa, la amenaza y el trauma

Por Jack Halberstam //


Foto: Gonzalo Resti

Me encontraba hace poco viendo la producción de 1979 de los Monty Python La Vida de Brian, esa divertida revisión de la vida y muerte de Jesucristo, cuando me percaté de lo transgresores que resultarían sus chistes incluso en la actualidad. De hecho, sería bastante difícil que la película se colara en los cines actuales por su sátira religiosa, cuyo emblema es la famosa escena de Cristo y los ladrones cantando en la cruz. La Vida de Brian creó polémica en su día; sin embargo, en el momento en el que los censores intentaron sesgar el filme en varios países, los propios Python aprovecharon la ocasión para hacer uso de su mordaz sentido del humor: «¡una película tan graciosa que hasta la han prohibido en Noruega!» fue el subtítulo que se incluyó cuando los censores hicieron su trabajo.


Por lo general, el humor se basa en lo inesperado ―«¡Nadie se espera a la Inquisición Española!»―, en la reiteración hasta que el humor surja por sí solo «huevos con tocino; huevos, salchicha y tocino; huevos con spam; huevos, salchicha, tocino y spam; spam, tocino, salchichas y spam; spam, huevos, spam, spam»; en el absurdo y el sinsentido, en la caricatura y en la combinación de lo serio y lo satírico. Y precisamente la falta de esto, el humor, es algo que se achaca a grupos feministas en particular y al activismo político radical en general. Ha ocurrido que, recientemente, dentro de comunidades queer, ha surgido polémica sobre el uso del lenguaje, como el argot, la representación satírica o irónica y las diferentes percepciones de las agresiones u ofensas. Ha hecho tan poca gracia que han proliferado demandas, censura y cambios de denominación.


No es nuevo el debate interno dentro de comunidades con objetivos políticos determinados es habitual. Recuerdo cuando me introduje en el mundo del feminismo cultural y del separatismo lésbico en la década de los 70 y 80; era muy fácil que en cualquier actividad de por aquel entonces alguien se sintiera atacada, herida y traumatizada porque alguien construyera mal cualquier frase o porque otra persona eligiera mal un término, o incluso si alguien de la sala se había echado perfume. Aquellas personas aquejadas de determinados tipos de estrés, fácilmente susceptibles o con traumas mal gestionados no dejaban de expresar a gritos lo mal que se sentían porque alguien había dicho qué, había fumado o se había rociado con algo que enrarecía el aire de la sala. Por otro lado, había otras personas que se adaptaban, dejaban de echarse tanto desodorante, evitaban el uso del lenguaje patriarcal, pensaban antes de hablar,se apoyaban mutuamente en sus compañeras, lloraban y se deprimían para finalmente desintegrarse en una montaña informe de sujetos pospolíticos, plañideros, hipoalérgicos, psicosomáticos,contrarios al sexo, a la diversión y al porno y abrazados eternamente al drama. Sin embargo, los tiempos cambian para todo,también para la política; y cuando los 80 dieron paso a los 90 y el feminismo de plañideras blancas a su vez dejó lugar al feminismo multirracial, posestructuralista e interseccional de múltiples orígenes, la gente empezó a reír,se aflojó los nudos,superaron sus circunstancias y comenzaron a hablar y a reconocer que el enemigo no estaba entre ellas,sino incrustados dentro de los despiadados sistemas económicos. No hace falta añadir que los objetivos de las feministas no blancas han sido siempre más difíciles de alcanzar y que las políticas de identidad han evolucionado de manera diferente al camino de estas. Sin embargo, nueva literatura surgida en los años 90 sobre neoliberalismo, posmodernismo, comportamientos de género y capital étnico dejó de centrarse en el ego herido y nos permitió descubrir a nuestro enemigo.Así,mientras expresábamos nuestras opiniones y observábamos cómo el capitalismo neoliberal disimulaba la explotación con un manto de lenguaje de liberación,conseguimos dejar de lado nuestros egos heridos y adoptamos nueva formas en colectividad,colaboraciones y proyectos más allá de las circunstancias individuales de cada una. Estoy siendo muy simplista con las múltiples variables históricas y culturales del feminismo, los movimientos queer y otros movimientos sociales, lo reconozco. Sin embargo, lo estoy haciendo con un objetivo en concreto:señalarla reaparición de un discurso concreto sobre la ofensa, la amenaza y el trauma. De esta manera, todas las diferencias sociales acaban proyectándose en términos dolor, dividiendo jerárquicamente a aliadas políticas por niveles de daño.


Es buen momento para citar el famoso sketch de los cuatro hombres de Yorkshire, también de Monty Python, en el cual aquellos cuatro amigos recuerdan sus depresivas infancias. Comienza diciendo uno de ellos: «vivíamos en una casa vieja, derruida y diminuta, con agujeros enormes en el techo…» otro contesta: «¿Casa? Tenías suerte de vivir en una casa. Nosotros vivíamos los 26 juntos en una sola habitación». El tercero añade: «Nosotros vivíamos en el pasillo», y por último el cuarto termina: «¡Nosotros soñábamos con vivir en un pasillo! Estos pulsos, sin el componente humorístico, son costumbre entre esta generación ofendida y, de hecho, raras veces voy a una conferencia, festival o reunión sin que alguien proteste por una denominación que considera ofensiva. Una vez desatamos la tormenta de llamadas de atención entre nosotras, perdemos rápidamente la perspectiva y, en lugar de construir alianzas, nos destruimos posicionándonos en diferentes facciones.


La mayoría del debate sobre la ofensa y el perjuicio se ha centrado en el uso del lenguaje, el argot y las denominaciones. Un ejemplo de esto ha sido la polémica generada estos últimos meses por la nombre de un after en San Francisco, Trannyshack (algo así como «la chabola de los travelos»), y sobre si la palabra tranny (travelo) debería siquiera usarse. Esta discusión, que produjo enconado debate, llevó al famoso artista y drag queen Justin Vivian Bond a publicar una carta pública en su página de Facebook en la que mostraba explícitamente su enfado ―me cabrea toda esta mierda inútil― a sus seguidores. El artista se permitió recordar a los lectores que a muchas personas «les encanta ser un travelo» y que no es muy agradable para ellas que las avergüencen y silencien recurriendo a la «policía del lenguaje». Bond y otras personas también se han encargado de hacer referencia a la costumbre queer de reapropiación de términos agresivos para convertirlos en términos afectivos. Cuando destruimos términos como travelo en búsqueda del respeto y la adaptación, ¡también influimos en las propias ideologías que inicialmente producen comportamientos homófobos o transfóbicos! En La vida de Brian, el mismo Brian se niega finalmente a colaborar con el comportamiento antisemita de su madre, que le llama romano. En un alarde de valentía, «sale del armario» en un discurso memorable― ¡yo no soy un romano! ¡Nunca seré un romano! ¡Soy un kiki, un yidi, un jebe, un narizotas, un kosher mamá, un peatón del Mar Rojo, y a mucha honra!


Cambiando de tema, la polémica por la palabra travelo no ha sido un hecho aislado. Estas riñas se han convertido en el pan nuestro de cada día de toda conferencia o reunión. Y no solo eso, además se está haciendo muy difícil hablar, actuar y aportar sin que alguien manifieste que se siente herida o traumatizada por cierto evento cultural, pintura, obra, discurso, uso de argot, caracterización, caricaturización, etc. tanto mismo da si el discurso/caracterización hiriente ha sido sometido a un duro proceso de depuración. En determinada conferencia, una obra que explicaba a grandes rasgos y en primera persona la mutilación del cuerpo de la mujer en el siglo XVII fue tachada de transfóbica y provocó una convocación masiva de reuniones destinadas a discutir el daño ocasionado en la gente trans que se encontraba viendo la obra. En otro acto de la anterior obra, se mostraba a un «adivino», lo que conllevó acusaciones de estereotipación de los asiáticos. En otra a la que acudí, se trataba el tema de las masculinidades queer y se acabó acusando a los organizadores de marginalizar las feminidades queer. Y en una clase que estaba impartiendo hace poco, una joven declaró sentirse angustiada por la posibilidad de ofender a otra estudiante transgénero por usarlos pronombres incorrectos en relación ¡a otra estudiante a la que no le afectaba lo más mínimo! Otra estudiante me contó que no hacía mucho que se había sentido ofendida en términos coloniales tras ver en clase La batalla de Argel. En la mayoría de estos casos, las comunidades ofendidas exigen disculpas y después se hacen promesas de que se eliminarán las partes ofensivas de futuras representaciones de tal o cual obra de teatro. En el caso de Trannyshack, se optó por modificar el nombre.


Este tipo de reacciones han conseguido doblarse tanto ante el sentido estético y académico que las definiciones de trauma se han simplificado sobremanera en estos ámbitos. Disponemos ahora mismo, tras años de trabajo en recuerdo, violencia política y maltrato, de elaboradísimos trabajos con respecto al trauma. Este material nos ha mostrado múltiples teorías sobre cómo un recuerdo saturado de dolor, maltrato, tortura o privación de libertad puede reactivarse en situaciones o mediante asociaciones que provocan una avalancha de emociones previamente enterradas, con consecuencias imprevisibles. Estos trabajos, obra de autoras como Shoshana Felman Macarena Gomez-Barris, Saidiya Hartman, Cathy Caruth, Ann Cvetkovich y Marianne Hirsch entre otras, se han visto desplazados debido a la reciente tendencia por la «política de la ofensa».


Las quejas por sentirse ofendida despiertan cierto dolor emocional y proyectan momentos traumáticos al mismo nivel que ese sufrimiento a flor de piel que fácilmente rebrota en respuesta a cualquier representación o asociación que se asemeje o simplemente represente el asunto de la experiencia dolorosa original.

De esta manera, mientras que en el pasado solíamos consultar la mística libreta de Freud y considerar el recuerdo como un documento que rellenar, un documento en el que ocultamos elementos bajo capas de papel escrito; actualmente, consideramos el recuerdo como una red viva posada en la psique a la espera de un elemento que la estimule. Lo que antes considerábamos recuerdo traumático ―un cúmulo de síntomas enigmáticos fluyendo por todo el cuerpo―, ahora ha cambiado. Tendemos a considerar exclusivo el rebrote de recuerdos dolorosos a la emisión de palabras calificadas como «ofensivas», entendiendo el dolor emocional como un músculo en tensión ―algo que provoca sufrimiento siempre que lo movemos, una herida que necesita cuidados.


Hace quince o veinte años, obras como States of Injury (Estados del daño, 1995), de Wendy Brown y The Melancholy of Race: Psychoanalysis, Assimilation and Hidden Grief (La melancolía étnica: psicoanálisis, asimilación y aflicción oculta, 2001) sugirieron a los lectores que pensaran sobre cómo las quejas se convierten en aflicciones, cómo la política exige sufrimiento y cómo el discurso neoliberal de perjuicio individual ensombrecen las causas violentas que generan desigualdad social. Sin embargo, las nuevas generaciones queer solo parecen haberse quedado con la mitad y, en lugar de reconocer que el neoliberalismo de lo que se encarga es de psicologizarla diferencia política, individualizar discriminaciones estructurales y desorientarla lucha por el cambio político. Ante esto, algunas activistas contemporáneas parecen haber puesto al mismo nivel la lucha social con los comentarios subjetivos en relación al sufrimiento personal y mental. Seamos claros: afirmar que te sientes atacada cuando otra persona queer usa una palabra resignificada como travelo, y no solo eso, incluso posicionarte colectivamente contra el uso de esa palabra NO es activismo, es censura.


En una sociedad pospositivista en la que eventos contemporáneos como la esclavitud y el linchamiento se muestran como hechos irrelevantes y lejanos del pasado, se ha llegado a un punto en que todas las quejas de este tipo se han colocado en la misma posición. Algunas estudiantes, acostumbradas a plasmar todos los eventos traumáticos de su infancia (mascotas muertas, lesiones deportivas graves) en matrículas escolares o elementos parecidos, han conseguido agruparse en comunidades de egos frágiles, temblorosos y vulnerables y entenderse como tal ―demasiado vulnerables para oír un chiste, demasiado quebrantados para hacer alguno. En las comunidades queer, algunas personas se comprometen con una particular versión del proyecto “Mejorará” de auto concienciación, dentro de la cual, jóvenes gays y lesbianas de tendencias suicidas y depresivas luchan como pingüinos emperadores en un paisaje ártico desolado contra el invierno de la infancia. Con la ayuda de compañeras adultas, terapia, grupos de jóvenes queer y campañas a nivel nacional, esa misma juventud naturaliza el discurso de las agresiones que puedan o no haber sufrido. Los grupos de jóvenes queer se instalan en el discurso del trauma y animan al resto de la juventud LGBT a posicionarse como víctimas en peligro constante, tanto sise sienten así como si no, ¡como si su salida del armario como lesbianas, gays, bisexuales o trans hubiera estado necesariamente llena de agresiones! Más tarde, cuando vuelan del nido, esas mismas jóvenes adoptan una hipersensibilidad enorme ante todo tipo de indicios y pruebas de las agresiones que han aprendido.


¿Qué significa que jóvenes que tienen la ventaja previa de generaciones de activismo queer durante los 40 y los 50 (cuya infancia no tenía formas de fomentar campañas contra el acoso escolar, servicios sociales o modelos vitales de otras personas queer) se sientan heridas, traumatizadas, abandonadas, excluidas, vapuleadas y en definitiva, agredidas? Estas chavalas, con alianzas gays-hetero, con madres que las apoyan y su recién estrenado derecho a casarse, se han acostumbrado a reclamar «espacios seguros».


Aun así, como nos enseña el libro de Christina Hanhardt, ganador del premio literario Lambda Safe Space: Gay Neighborhood History and Politics of Violence (Espacios seguros: historia sobre el vecindario homosexual y la política de la violencia), el orden del día de los espacios seguros ha traído una presencia policial sobredimensionada en barrios pobres y la gentrificación de otros. Safe Space: Gay Neighborhood History and the Politics of Violence nos muestra el desarrollo de las políticas LGBT en los Estados Unidos desde 1965 a 2005, y explica cómo el activismo LGBT pasó de ser un movimiento con una base multirracial e interseccional con lazos fuertes con grupos de lucha contra la pobreza y antirracistas a un movimiento pacifista de carácter mayoritario que aspira a ser reconocido institucionalmente.


En el momento en que grupos LGBT consideraron como máxima prioridad la «seguridad» (precisamente en una época en la que se están militarizando los sistemas de seguridad) y centrar sus objetivos en la búsqueda de discursos sólidos sobre el trauma, dejaron de lado la lucha contra nuevas formas de explotación, el capitalismo global o los sistemas políticos corruptos.


¿Es así como acaba todo? Cuando grupos afines con objetivos sociales comunes optan por la dura crítica interna en vez de salir y derribar bancos, banqueros, políticos, parlamentos, rectores y consejeros delegados de empresas. Como incluyen Moten y Hearny en su The Undercommons hemos abandonado la premisa de que «entre nosotros, nos debemos todo» y ahora nos castigamos las unas a las otras y abandonamos proyectos que pueden unirnos, para finalmente arrinconarnos en pequeños grupos y acabar finalmente estableciendo lazos de carácter erótico únicamente con nuestro sentido personal de la justicia.


Quiero hacer un llamamiento a la responsabilidad y a las particularidades: no todas las jóvenes LGTB tienen tendencias suicidas, no todas las jóvenes LGBT son víctimas de violencia y acoso. La realidad es que existen elementos más susceptibles de ser objeto de violencia, brutalidad policial, clasismo y acceso limitado a la educación y a otras oportunidades vitales: la clase social y la etnia. Pongámosle fin a la moralidad de la «grulla», de estar al quite buscando la ofensa. Planteémonos la necesidad contemporánea de obtener muestras explícitas de progreso, desarrollo y acceso a espacios, analicemos los privilegios que habitualmente sustentan las exhibiciones públicas de ira y dolor, metámonos en la cabeza de una vez que ser queer no significa sufrir maltrato y debatamos sobre otro tipo de quejas que sí denuncien marginación, trauma y violencia. No nos liemos mientras se nos pasa el arroz, no nos ofendamos mientras se nos comen la merienda ni lloremos mientras se nos acumula la basura. Reconozcamos la distracción que han provocado estos conflictos internos. En otro tiempo, la denominación queer era sinónimo de oposición a las políticas de identidad, de responsabilidad colectiva y de una visión nueva y alternativa del mundo. Ahora mismo, no es más que un término muy limitado que apenas abarca un batiburrillo de problemas identitarios. Es el momento de dar el paso, de dejar desconcertado a nuestro enemigo, de ser imprevisibles, invisibles, anónimas (véase el post de Beatriz Preciado en su blog Bully Bloggers sobre el anonimato en la comunidad zapatista). Dejémoslo en las palabras de José Muñoz, «nunca hemos sido tan diferentes». O en las de aquel caballero de Monty Python y el Santo Grial, «desde ahora, dejamos de serlos Caballeros que dicen Ni, a partir de ahora, seremos los Caballeros que dicen «Ekki-ekki-ekki-ekki-PTANG. ZumBoing,z’nourrwringmm»».

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