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Estamos cocinando sin recetas

Por María J. González //

Foto: Nico Salvatierra

Es momento de abrir nuestras cocinas y de salir a cocinar a la calle. De que las mujeres dejemos de cocinar ocultas y saquemos nuestros macerados al sol. De que tomemos el liderazgo de las cocinas públicas que hasta ahora les corresponde a los chefs, en su mayoría hombres, en su mayoría apoyados en programas de estudios, recetas y títulos, o en el mejor de los casos, apoyados en lo que aprendieron viendo cocinar a sus madres. Es momento de que las mujeres saquemos de las cocinas domésticas toda nuestra clase-de-saberes in-calificados y des-clasificados.


Es momento de que las mujeres volvamos públicas las cocinas de la intimidad. De que volvamos colectivos los esfuerzos hasta ahora dispuestos a alimentar familias. No vaya a ser cosa que la familia, que es la piedra angular del sistema patriarcal, como escribe Carla Lonzi, sea arrastrada hacia las calles por una marea de abrazos íntimo-públicos que callen las ganas de cocinar a puertas cerradas. No vaya a ser cosa que se abran las puertas de las cocinas y que salgan todas esas cabezas de mujeres tapadas con cofias que esconden sus pelos largos de mujeres cocineras. No vaya a ser cosa de que nos animemos a tomarnos de la mano y des-cubramos nuestros vientres para que se hagan públicos y nos olvidemos de la amenaza de que somos las responsables de provocar que nos violen. No vaya a ser cosa que hagamos colectivos los deseos de abortar el mandato de criar familias a puertas cerradas y salgamos con nuestras ollas en las que hacemos arder el miedo, que escucha y escribe Marie Bardet. No vaya a ser (la) cosa que comencemos a unir todas las escuchas que oímos desde nuestras cocinas mientras acompañamos el hervor del pan en el horno y construyamos un nuevo lenguaje ilógicx que describa imaginarios imposibles. No vaya a ser cosa que agarremos el coraje de hablar en esa nueva lengua y hagamos aparecer-la-cosa.


Es momento de hacer-aparecer con viandas en la calle. De seguir cocinando con una mano agarrada a la olla y la otra libre.


Es momento de resistirnos a comprar nuestra comida hecha a puertas cerradas que nos deja con hambre y alimenta la sensación de que no nos alcanza. Comida hecha en cocinas ocultas que esconden secretos que hierven por salir a la luz.


Es momento de secar al sol todas las semillas que activamos y sacar todas nuestras ollas, sartenes y cucharas de palo para que conjuremos juntas. De salir a la luz y sacar a la vista todo el trabajo y todas las manos que existen detrás de cada plato de comida.


Es momento de darnos el tiempo de alimentarnos, de cocinarle a lxs niñxs y de dejarnos alimentar por ellxs.


Es momento de dejar-nxs desear, de dejar-nxs asimilar. De digerir.


Es momento de no tirar comida a la basura, de devolverle el respeto a la semilla de nuestros encuentros. De sembrar semillas y de hacer nuestros los encuentros.


Es momento de seguir comiendo pizzas redondas que nos incluyan a todas y borren las esquinas que nos apartan. De que esas esquinas las dejemos para las borracheras y ahí reírnos de los refinados. Es momento de dejar el refinamiento que barre los roces. De devolverle los nutrientes a nuestros alimentos y dejar de consumir productos blancos a-purados, limpiados de vidas y de roces.


Es momento de comer integrales, granos integrales, semillas integradas por roces, y que nuestrxs cuerpos vuelvan a asimilar las cáscaras ásperas de nuestras semillas. Es momento de discutir, de embarrarnxs, de mezclarnxs y besarnxs. De no sentirnos puras, de bajarnos de los tacos que nos acortan los tendones. Necesitamos tobillos firmes para correr, no escapando, no escapamos más. Corremos con nuestros miedos de la mano mientras bailamos consignas que no existen, consignas que son las creaciones de nuestras escuchas.


Es momento de cocinar sintiendo el viento en la piel y encender el fuego en el que se hierve cuidadoso nuestro movimiento público.


Es momento de declarar que cocinamos sin recetas, que lo hacemos oliendo nuestros miedos y metiendo en la sartén los llantos, las risas, las emociones hasta ahora evaporadas en la intimidad. Es momento de ser rotundas, de gritar que Nunca más y que Ni una menos y de sentir que las consignas no alcanzan y de balbucear frases que abren sentidos en el espacio entre nuestras manos. Nuestras manos que transpiran porque no se sueltan más. Es momento de autorizarnos a desbordar nuestras emociones en público y que ellas sean el filo con el que cortamos el pan que re-partimos.


Son tiempos de oler-nos re-partidas en las calles. De que nuestrxs cuerpxs huelan de tantas horas estando juntas. Abiertas. Son tiempos de cocinar abiertas y que desborden lxs ríos que corren por nuestras piernas que desparraman ciclos indomables.


Es momento de nombrar nuestra sangre que es la misma sangre que corre oculta por un vértice que existe entre la vereda y la calle. Un vértice. La misma sangre silenciada. Nuestra sangre. Sangre que corre mes a mes mientras tomamos vino en copas altas.


Son momentos de brindar en vasos chatos, y de sangrar firmes sobre las mesas. Hay tiempos, tiempos de hacer masas con nuestras manos que fermenten días. Tiempos que no son uno, que nos muchos. Masas con fibra, complejas, múltiples y autónomas. Tiempos de masas ácidas que despierten sabores aplanados con conocimientos olvidados. Sabores de entendimientos y saberes de abrazamientos. Tiempos que despiertos. Tiempos que despiertan. Sensibilidades que tiempan. Que tiemblan. Son lxs tiempos de alimentarnos de fibras sensibles, de masas sensibles. De masas que sostienen su propia estructura. Tiempos de subir cerros y lanzar nuestros pelos al viento. Tiempos de descubrir nuestras propias cabezas. Cabezas secadas al sol para que se activen como semillas. Tiempos de liberar las semillas. Y dejar nuestros pelos al viento. Semillas activadas con agua, y pelos quemados al fuego de una sartén sostenida por las muñecas firmes y delicadas de las mismas mujeres-cocineras que antes anónimas salteaban los platos, servían las mesas. Mesas con mantel largo y copa alta ubicadas justo al costado derecho de ese vértice de la vereda por el que corría la sangre silenciada y ocultada. ¿Se acuerdan? La que no quisimos ver, la que no quisimos oler, ¿se acuerdan? La sangre que alimenta la tierra ordenada en mesetas iguales de departamentos individuales que separan la memoria para olvidar que esa sangre sigue corriendo y corre por los ciclos femeninos que desbordan las calles. Tenemos un ciclo. ¿Se acuerdan?


Está pasando, hay millones de ríos verdes corriendo ahora. Como la botella del vino de tu copa alta. Esa botella es del mismo verde de esos ríos de mujeres que cosecharon a pies descalzos las uvas fermentadas, transformadas en vino ¿Se acuerdan? Mujeres transformadas, desfiguradas a golpes que ya no soportamos ver.


Es momento de llorar y de reír eufóricas, de abrazamos las ganas de no saber y de declarar públicamente que cocinamos sin recetas y que el miedo lo llevamos de la mano junto con nuestras ollas, fuegos, ríos y panes que hacemos a pulso, garra y pulmón. A pura intuición.





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