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Liberar la fiesta (Sobre la experiencia Entrenar La Fiesta)

Actualizado: 30 de ago de 2018


Imagen de Entrenar La Fiesta. Por Santiago Johnson

Por Facundo Nahuel Aguirre Fernández

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Antes de empezar suelto todo preconcepto de cuerpo, movimiento y fiesta para poder construir un lenguaje en común. Sólo así, el movimiento se libera.


ORGIE (Organización Grupal de Investigaciones Escénicas) propone un espacio de entrenamiento llamado Entrenar La Fiesta, pero, más allá de describir de qué se trata, su precalentamiento y cómo se entrena; me parece más sensato dar lugar a las sensaciones y la reflexión que provoca, fin mismo de esta propuesta.


Entiendo al terminar de bailar que la razón ocupa un lugar secundario y lo kinésico elabora códigos con otros humanos, aun siendo un extraño en medio de esta manada de seres, únicos y diversos, pero que se reunieron en esta fiesta para celebrar una concepción de fiesta que derriba mandatos, paradigmas sobre el cuerpo, la danza y que no reconoce sexualidades, géneros, raza, ni clase social. Esto es entrenar la fiesta, la invitación a improvisar/entrenar de ORGIE, donde sólo hay carne y ganas de movimiento.


Como seres humanos, son pocas las ocasiones en las que nos permitimos librarnos de ciertas imposiciones sociales, incluso las fiestas terminan siendo un espacio de interacción donde los códigos son impuestos y razonados de antemano para poder salir airoso de una salida nocturna. Eventos caretas, llenos de códigos de vestimenta, de baile, de comportamiento, de interacción, de toques, de miradas, etc. Un sinfín de elementos que terminan condicionando al más extrovertido y logran privar al cuerpo de salir de su jaula y poder moverse libremente en un estadio social que debería servir para eso. Creo que, después de estas experiencias, terminamos recurriendo a elementos externos o a la excusa de ponernos en pedo para poder disfrutarnos.


Los espacios de arte e improvisación muchas veces han sido útiles a este propósito: Liberación. La experimentación permite, a quienes asisten a sesiones de improvisación, a animarse a romper la regla. Sin embargo, el deber hacer del arte juega en contra. No hay fiesta, hay experimentación, se deben respetar las reglas del arte, de la danza contemporánea, la performance o del teatro físico. Otro tedio.


A todo esto, la pregunta debería ser la siguiente: ¿la danza no es una forma de celebración?

Sí, pero la escena y la academia se han devorado este principio fundamental del baile. Lo que también elimina la posibilidad de comunicación interpersonal, símil a la de un concierto, un partido de fútbol o un ritual pagano.


Un ritual pagano, eso sería Entrenar La Fiesta. Las reglas de este mundo terminan desvaneciéndose. Al igual que en un rito Orisha, muchos terminan entrando en una especie de trance, provocado sólo por el movimiento. Putos, brujas, locos y demás, somos uno y nos liberamos sin pensarlo, sólo sacudiendo el espacio.


La música y el movimiento en conjunto llevan a un estado pulsional, erótico, pero no sexual. Estamos calientes pero calientes por invadir el espacio y bailar. Incitar al cuerpo a ir más allá de lo que estamos acostumbrados, a que la razón abandone concepciones neuróticas. Este espacio, esta fiesta, finalmente termina siendo una política que invita a reflexionar y reelaborar, entrenar, desde la celebración, conceptos que nos atraviesan cotidianamente.


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