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Regalo para las amigas

Actualizado: 13 de sep de 2018


Foto: Dagurke / Estreno de Pasadas de Sexo y Revolución

Por Mora Sánchez Uzal //


Somos estrellas y nos sabemos existentes en las constelaciones más alejadas.

Somos perras dulzonas que lamemos fallas.

Somos los agujeros de la capa del capital y no queremos costuras.

Somos malas podemos ser peores.

Somos agua derramada y no queremos *sus* vasos.

Somos cartoneras de afectos, manada de chupa culos, amigas de guerra.


No sé si estamos entendiendo algo o dejando de entender muchas cosas para acercarnos a iluminar un afecto, e iluminar es ante todo abrazar, cuidar es hacer posible alguna existencia. Crear se transformó en vivir la fiesta, en aprender a iluminar intensidades y fuerzas libertarias. La creación se volvió intempestiva con nosotras mismas, sin saberlo nuestros cuerpos se volvieron máquinas sexoriales, puntos de fuga que devienen estimuladoras del deseo. 


Sembradoras de amistad en esta guerra, donde propagamos nuestras fuerzas libertarias del afecto para supervivir, fuerzas que no existen antes de suceder, que inventamos a cada acuerpamiento. 


Como dilatadores anales, nos convertirnos en entelequias de potencia afectiva, despertadoras de los placeres que el heterocapitalismo nos revende, ya ruines, intervenidos por la lógica fascista que dice que sensaciones sí y cuáles no, aplicada a toda clase de sustancia que pueda estimular nuestra locura, nuestro encanto, inhabilitándonos el despliegue al que nos invita, predisponiéndonos incapaces de llenarnos de adrenalina, de veneno. Nosotras la distribuimos mayorista sin dueño, en manada, siempre.


La sustancia es nuestra aliada, devenimos sustancia para desplegar la capacidad afectiva, para sorprendernos juntas de lo que puede sentir un cuerpo. En manada encarnamos la sustancia y deja de venir a chutes y se transforma en fuerza vital. 


Las máquinas deseantes somos transhumanas, no tenemos adjetivos propios ni definiciones a priori porque aprendemos sin progreso, aprendemos a hacer sin pretender, aprendemos a sorprendernos con los afectos que surgen, aprendemos a ponernos en relación sin réditos urgentes, o esperables.


Todo lo que pasa en los cuerpos, entre los cuerpos, por los cuerpos no existía antes de suceder.


Nos ponemos a disposición de un estado asambleario de la identidad, disponiendo este cuerpo todos sus espacios y bordes, sus recuerdos capilares, sus razonamientos, al juego. Existo pero no soy mía, no pertenezco, soy una mutante de las intensidades. Somos ante todo, amigas, percibimos la existencia, veneramos la existencia, nos cuidamos, hurgamos, salvamos, sin ajuste sustancial.


Decimos no queremos más esta humanidad y cuando lo decimos actuamos una búsqueda de afectos que puedan darnos un esbozo de lo que podríamos, de lo que somos en potencia, de una nueva ecología que ya está existiendo, de una ecología fuera de escena, de una ecología obscena. 


Sabemos de la dimensión obrera de nuestra inmoralidad, de lo cósmico de nuestra amistad. 



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