Buscar
  • ORGIE

SEGUNDO TIMBREO NACIONAL



En el timbreo, un joven con la voz rota ensaya un discurso: Padre, no inviertas en eso. Padre, traje del desierto una morocha sumisa y una garrafa de gas para acrecentar el tesoro de la estirpe. Padre, mis uñas están rotas y mi garganta reseca del polvo del desierto donde timbreé hasta que los únicos sonidos fueron mi voz rasposa adolescente y el gemido eléctrico de los timbres. Que los timbres respondan: Hijo... Hijo...

Sólo hay fotos. Son falsas. El joven mestizo -acaso de apellido italiano, o español- y fuerte, ridículo, caminando con un paraguas, sonriendo. ¿Menemmente? ¿Ludermente? ¿Miguelmente? ¿Isabelmente? Pero evitando a ella.

Evita es el mito montonero-progresista- académico, nada de charla sobre Evita y las travas, nada de poemas lujosos sobre el cadáver de la reina puta. Evita es el cadáver y punto. Papá la quiso comprar, y tan cadáver era que se pudrió ahí frente a todos mientras él contaba la plata.

Sólo el timbreo vence al tiempo, organizado, ramificado en manzanas y cuadrillas, en jóvenes de las manos de otros jóvenes, para invadir incluso el otoño del 2018, cuando creías que el pueblo merecía morir, incinerarse en su propia gloriosa estupidez.

Sólo las fotos  del timbreo y la organización vencen al cuerpo (incluso al de la puta muerta), al pueblo. Ni pintura de uñas roja cada dos sílabas, ni lutos, ni cadena nacional, ni discapacitadas en el Congreso ni encuestas: timbreo y organización, juntas, vencen. A los enemigos y a los amigos. A los profetas y a los estetas.

Este es el desierto donde se civiliza, se piensa hasta que se cae la piel a tiritas en la felicidad del pueblo. Que es como un niño. Es un niño. Imitará a su padre porque lo ama. Imitando al padre se llega a ser adulto.

Este es el desierto sin cuotas. Sin maravillas. Este es el desierto donde se piensa, callado, entre timbre y timbre en los signos de lo que hay que hacer. Gas. Aborto. Partido Justicialista. Docentes. Un corazón seco.

El pueblo argentino está muerto. No va a resucitar. Si resucita, será otra cosa, no el pueblo argentino. La piel vieja tiene que caer, caer, caer. La mente piensa el viejo timbreo tanto como el nuevo, porque no le importa. A la mente le importan tres cosas: 1) la felicidad del CEO, que no es este CEO ni el viejo CEO; 2) vencer; 3) estar tanto al principio como al final como en cada segmento milimétrico, mínimo, del timbreo.

Volviendo de Quilmes atravesé un baldío, y vi los restos de una fogata. Papá me enseñó a jugar con brasas ajenas. De las cenizas rescaté ocas figuras: un gaucho, Perón en el 74, una negra barriendo la vereda, y un sobre de OCA.


0 vistas